De Rousseau a Torra

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«Me propongo investigar si en el ámbito del orden civil, y considerando los hombres tal cual son y las leyes tal como pueden ser, existe alguna norma de la administración legítima y cierta.»

Con esta frase comienza el primero de los cuatro tomos que componen una de las publicaciones más importantes e influyentes de toda la historia moderna y sin duda del derecho civil.

El regalo que el gran Jean-Jacques Rousseau le entregó a la humanidad. El legendario «Contrato Social». Que es a su vez el germen de todas las constituciones democráticas del mundo.

Cuando la realidad es confusa, cuando el humo y la sangre entran en el debate, conviene volver a recordar a los clásicos. Tal vez para recordar de dónde venimos, antes de replantearnos a dónde vamos. Es por eso que hoy recuperamos esta y otras obras magnas que serán nuestro referente para el articulo de hoy.

Pero, ¿Por qué hablamos ahora de esto?

¿Manifestaciones o disturbios?

En las últimas semanas, y tras la sentencia del procés hemos asistido en las calles de cataluña a lo que podríamos definir como disturbios públicos en señal de protesta. Estos disturbios, que comienzan como manifestaciones y acaban siendo auténticos escenarios bélicos cuando cae la noche. Son el reflejo de la radicalización de una parte del electorado catalán más allá de cualquier principio democrático. La primera parte es totalmente legítima, la segunda es directamente un delito.

En general, los límites del derecho ciudadano están bastante claros, lo que ocurre es que hoy en día el hecho de manifestarse es algo manido y normalizado. Por lo tanto, no consigue los efectos buscados por aquellos que protestan. Esto hace que necesiten salirse de la ley para poder ponerse a ellos mismos en la palestra y mantener la atención en sus demandas. Su radicalidad es su única fuerza.

La cuestión de fondo es que estas demandas tienen muy poco de democrático y la turba, no tiene razón por el hecho de ser turba si el derecho no le asiste. Por eso sus protestas tan solo pueden considerarse disturbios y como tal son tratados por el estado.

Está claro que este es un tema que polariza la opinión pública. Por eso quizás deberíamos retrotraernos brevemente y hacer un resumen de los hechos que nos trajeron aquí. Las razones que esgrimen unos y otros antes de hacer un análisis más profundo.

La sentencia

El día 14 de octubre se hizo oficialmente público el veredicto alcanzado por unanimidad por los siete jueces del tribunal supremo encargados del caso.

El juicio, en un alarde de transparencia fue retransmitido en directo en cada una de sus largas sesiones. Luego, no puede ser calificado de poco claro o poco justo. Ese punto no debería ponerse en duda.

El veredicto final desestima la acusación de rebelión y da por probados los hechos de sedición. Permite por otro lado que los acusados cumplan sus penas en la región en la que tienen influencia y en la que probablemente obtengan un tercer grado desde el mismo momento en que legalmente sea posible.

La decisión por tanto, es un poco Salomónica, y no deja completamente contento a nadie. Sin embargo, no es la función del tribunal contentar al público, sea este el que sea, sino administrar la justicia y en eso parece haber dado una cátedra.

Siendo entonces una sentencia no excesivamente dura, que desestima las acusaciones más gravemente penadas (no porque quiera sino porque no puede probarlas) y permite que los acusados accedan pronto al uso de sus libertades por medios políticos. Entonces, ¿Por qué las protestas?

En respuesta a esta pregunta podríamos decir que el indepentismo se atribuye a sí mismo el que a su juicio es «el legítimo derecho a decidir de los pueblos». O lo que llamamos desde hace mucho más tiempo la soberanía nacional.

Es en este punto cuando recurrimos de nuevo a Rousseau.

La soberanía nacional

«La soberanía es indivisible por la misma razón que es inalienable; porque la voluntad es general o no lo es; La primera es y constituye un acto de soberanía y es ley; La segunda, no es sino una voluntad particular o un acto de magistratura; un decreto a lo más»

Jean-Jaques Rousseau – El contrato social – Tomo II – Capítulo II – La soberanía es indivisible

Existe un derecho de autodeterminación de los pueblos, por supuesto.

Así lo recoge la carta de naciones unidas en sus artículos del 2 al 9, en los que queda muy claro que este derecho es exclusivo de aquellos países que sufrían colonización por otros países más poderosos. Obviamente este no es el caso de Cataluña, por eso una parte del independentismo necesita falsear la historia.

Pero aún falseando el pasado, sigue sin asistirles el derecho. Existen también, otros dos conceptos importantes en esos artículos que prefieren obviar.

  1. El derecho a decidir de los pueblos no coloniales, es el derecho de los estados a su propia soberanía nacional. Esto es; A decidir su propia forma de gobierno y su desarrollo económico, cultural y social. La soberanía nacional en el estado español recae sobre la totalidad del pueblo español y como nos explicaba Rousseau es indivisible.
  2. El derecho de autodeterminación de los pueblos, excluye expresamente cualquier acción encaminada a quebrantar total o parcialmente la integridad territorial de los estados soberanos, dotados de un gobierno que represente a la totalidad del territorio. Este es indudablemente el caso de España.

Nos encontramos por tanto en el segundo caso de la explicación de Rousseau. No ante la voluntad de los propietarios de la totalidad de la soberanía nacional, sino ante una pequeña porción de ella.

La fuerza del populismo

Volvemos entonces a la razón de la turba, el poder de la masa humana. Que pretende hacer valer su opinión, más allá de las opiniones del resto, más allá de cualquier otro razonamiento…El regreso del hombre masa.

«El hombre medio tiene las ideas más taxativas sobre cuanto acontece en el universo. Por eso ha perdido el uso de la audición. ¿Por qué oír, si ya tiene dentro cuanto hace falta? No hay cuestión de la vida pública donde no intervenga, ciego y sordo como es, imponiendo sus opiniones, el hombre masa»

José Ortega y Gasset – La rebelión de las masas – Capítulo VIII –
Por qué las masas intervienen en todo y por qué sólo intervienen violentamente

Estos hombres y mujeres masa, no son algo exclusivo de Cataluña ni mucho menos. Es un mal de nuestros tiempos. Que además se ve inmensamente intensificado con los medios de información y las redes sociales. Es obviamente un asunto global.

Merced a eso hoy en el mundo podemos encontrar disturbios parecidos por razones muy distintas en casi cualquier parte del globo. En este momento y de un simple vistazo podemos ver disturbios populares en Hong Kong, Perú, Francia, Chile, etc.

Todos esos disturbios tienen motivaciones muy distintas y más o menos legitimadas, no seré yo el que entre a juzgar cada caso ni sus derechos o motivaciones. Pero sí pretendo dejar claro que la protesta pública, a día de hoy, solo resulta llamativa a través de los disturbios. Las manifestaciones pasaron de moda, están muy vistas y se olvidan rápido.

Eso abre un nuevo debate. ¿Hasta qué punto es lícito el uso de la violencia para defender las ideas o los intereses de un grupo social?¿Hasta dónde puede usarla un estado democrático? ¿Es esto sostenible en democracia?

Un caso extremo lo vivieron hace unas semanas en Culiacán, Sinaloa. En un altercado en el que la policía detuvo al presunto jefe del cartel Sinaloa Ovidio Guzmán López, hijo del chapo Guzmán.

La detención levantó al Cártel, lo que en Culiacán viene a ser levantar el territorio entero. No olvidemos que está considerada la organización mafiosa más poderosa del planeta. Los tiroteos y episodios violentos se sucedieron por toda la ciudad y el gobierno no tuvo más remedio que liberar al detenido, ante una previsión de más de 200 víctimas civiles.

No pretendo comparar por supuesto el movimiento independentista con el Cártel de Sinaloa, eso no tendría sentido, y desde luego estos últimos no son un gran ejemplo de grupo social.

Pero si nos sirve de ejemplo de cómo la fuerza bruta de un grupo de interés puede conseguir arrodillar la soberanía nacional y de por qué es el estado el único legitimado para usar la fuerza.

El uso de la fuerza

«Convengamos, pues, que la fuerza no hace el derecho y en que no se está obligado a obedecer sino a los poderes legítimos. Así mi cuestión primitiva queda siempre en pie».

«Puesto que ningún hombre tiene por naturaleza autoridad sobre su semejante, y puesto que la fuerza no constituye derecho alguno, quedan solo las convenciones como base de toda autoridad legítima sobre los hombres»

Jean-Jacques Rousseau – El contrato social – Tomo I – Capítulos III y IV
Del derecho del más fuerte – De la esclavitud

Entendiendo entonces que el poder del estado es legítimo, mantener el orden constitucional frente a las agresiones de grupos de interés es un deber y una obligación para dicho estado.

Entramos ahora en la legitimidad del estado. En nuestro caso particular ya hemos dejado claro que España es una democracia que representa de un modo eficiente la totalidad del estado. Al menos de un modo tan eficiente como la mayoría de sus vecinas. Eso está fuera de toda duda al pertenecer a un club tan exclusivo y garante como es la Unión Europea.

Sin embargo, el uso de la fuerza ha de ser proporcional a los potenciales daños personales o materiales. Algo que en principio parece bastante difícil de medir y que obviamente siempre está sujeto a polémica y revisión.

El camino legítimo

Vamos entonces con las conclusiones de este análisis.

Es absolutamente legítimo querer o pretender la separación de cualquier parte del estado, tanto como lo es no pretenderlo en absoluto. Esta dualidad de legitimidades hace que sean los titulares de la soberanía nacional los únicos capacitados para decidir sobre ello, y esa soberanía nacional es indivisible en grupos de interés.

Existe un camino concreto, legal y correcto para ello. Siendo España una democracia sujeta a la voluntad de todos los españoles, el camino es claro.

Convencer a suficientes votantes españoles de que exijan a sus respectivos líderes políticos un cambio constitucional. Pero eso requiere un gran consenso y los distintos movimientos independentistas no parecen querer recorrer juntos ese camino. Tal vez porque se arriesgan a un cambio constitucional pero en el sentido contrario.

Es por toda esta serie de razones que el uso de la fuerza y el populismo en las calles es su argumento principal una vez que el tribunal supremo les ha indicado cuál es el camino a seguir. Algo que por supuesto ya sabían antes aún de comenzar su pulso al estado.

Por último y como conclusión, una aclaración sobre los principios democráticos.

La democracia es un medio, no un fin. Es el mejor instrumento de gobierno que el ser humano ha sido capaz de darse a sí mismo, pero al final es tan solo un juego de sumas. Restar gente a esa suma hasta reducirlo a tu grupo de interés para que el resultado te sea positivo es exactamente lo contrario a la voluntad popular y al sufragio universal. Por tanto, lo contrario a la democracia y eso amigo onironauta… También tiene un nombre.

Un saludo y buen viaje.

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